París bajo el hielo

    Les explicaré un hecho meteorológico extraordinario que conmocionó la ciudad de París; de hecho, gran parte de Francia. Fue la situación más extrema que ha sufrido jamás la capital francesa. Ocurrió en diciembre de 1879 y en enero de 1880. Gracias a una buena red de observatorios meteorológicos y a la abundante documentación sobre el tema, podemos contarles todos los detalles. 

    Hasta el 18 de noviembre de 1879, las temperaturas en París fueron suaves. Aquel día la máxima bajó un poco, y se llegó a los 10 °C… ¡Nadie se imaginaba que aquel valor no se volvería a alcanzar hasta el 6 de febrero! Un potente anticiclón se situó hacia el oeste de Irlanda y una profunda borrasca se formó en el Mediterráneo, y entre los dos centros de acción empezó a fluir una masa de aire siberiano hacia Centroeuropa. Los días 26 y 27 de noviembre empezó a nevar intensamente y los termómetros bajaron hasta los –6 °C, y una semana más tarde un temporal de nieve con viento huracanado azotó la ciudad, en la que de media se depositaron 25 cm. Entre los días 8 y 10 de diciembre volvieron a caer 10 cm más de nieve. Después de esta última nevada, una masa de aire aun más fría se abatió sobre el norte de Francia. Pintores como Camille Pissarro, Alfred Sisley o Paul Cézanne plasmaron en sus cuadros los efectos de la nieve y el hielo. En París, el peso de la nieve helada provocó el hundimiento de algunas construcciones, como el mercado de la Rue Château. La circulación por las calles era imposible, así que el Ayuntamiento de la ciudad congregó a miles de parados para retirar la nieve, como vemos en la imagen. Pero la pesadilla tan solo acababa de empezar…

    Avanzaba el mes de diciembre de 1879 y París seguía bajo la nieve y el hielo. El Ayuntamiento requisó centenares de carros para transportar nieve de las calles y aceras y lanzarla desde los puentes sobre el Siena, que empezaba a congelarse. Los trineos proliferaron y llegó un momento en el que se contaron 5 trineos por cada 20 carruajes. La nieve helada de las aceras causaba multitud de accidentes. Máquinas de vapor intentaban fundir el hielo, pero finalmente se decidió utilizar toda la sal disponible, que se repartió día y noche por las aceras y calles de la ciudad. El pintor Pierre-Auguste Renoir cualificó la nevada de «lepra de la Naturaleza», pero Claude Monet quedó fascinado y se pasaba cada día horas y horas observando la nieve y el hielo que posteriormente plasmaría en sus cuadros. Un periodista escribió: «Hace un frío que parte las piedras. Vemos un calientapiés, un caballete y un señor enfundado en tres gabanes, las manos enguantadas, el rostro medio congelado: es el señor Monet estudiando el efecto de la nieve». El frío se intensificó y los ríos acabaron congelándose. Centenares de barcos quedaron atrapados. Entre el 9 y el 10 de diciembre se registraron los fríos más rigurosos: el día 9, la máxima era de –10,4 °C, y el día 10 se batió el récord histórico con una mínima de –25,6 °C. Se abrieron «calefactorios» para que los parisinos encontraran algo de calor. El día 13 de diciembre, la temperatura subió un poco… para volver a caer en picado el día 17 con un registro de –21,5 °C. Se puso de moda patinar sobre hielo. El día de Navidad se calcula que 25 000 parisinos patinaron sobre el Siena. Nadie se podía imaginar que en pocos días el río se convertiría en el trágico protagonista de la ciudad. 

    Era el día de Navidad de 1879 y hacía un mes que París estaba bajo la nieve y el hielo. Los 25 000 parisinos que patinaban sobre el Siena congelado fueron la causa de numerosos accidentes, y la policía prohibió practicar este deporte a partir del día siguiente. Todos se habían adecuado a la nieve y al frío extremo, cuando el día 28 empezó a soplar un viento cálido del suroeste. La temperatura pasó de –15 °C a 3 °C en pocas horas. El día 31 de diciembre la temperatura fue positiva durante todo el día (algo que no ocurría desde el 25 de noviembre), y la nieve y el hielo se fundían; Monet lo volvió a plasmar en sus telas. Pero la madrugada del 3 de enero se inició una catástrofe. A causa del deshielo, el Siena experimentó una gran avenida y se convirtió en un río sin control que arrastraba bloques de hielo y aplasta gran cantidad de barcazas. Una crónica de la época lo comenta así: «Todo tipo de deshechos bajan por el Siena, chocando como formidables arietes contra los pilares de los puentes que miles de parisinos observaban desde los muelles». Una parte del puente de los Inválidos no resistió la presión del hiel y se hundió. Se intentó destruir el hielo con gran cantidad de dinamita, sin ningún resultado. Los daños en las embarcaciones son incontables. Cuando parecía que la avenida disminuía y los problemas se acababan, el día 6 de enero una nueva ola de frío y nieve volvió a afectar a la ciudad hasta el 28 de enero. 

    A partir de aquel invierno, el Ayuntamiento de París compró 4000 toneladas de sal para cada temporada invernal, enterró la mayor parte de las tuberías de la ciudad a un metro de profundidad e inventó una curiosa quitanieves: un rastrillo gigante remolcado por seis caballos.

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